EL CHÉ GUEVARA: UN ÍDOLO DE BARRO
POR VERDATU

Muchos años después de su fusilamiento, el Che habría de convertirse en una marca. En un símbolo de la rebeldía juvenil y de la resistencia contracultural que -paradójicamente- ha servido para acrecentar el consumismo capitalista. Tal como había ocurrido con las prendas de los hippies, la imagen del Che se convirtió en una mercancía exitosa, en una pose contracultural, en un disfraz para la rumba. Cuarenta años después de su muerte en la selva boliviana, el Che adorna el hombro de Maradona y el abdomen de Mike Tyson: dos de los consumidores más desaforados de la historia, dos niños mimados del capitalismo que usan tatuajes del Che para su rumba eterna.
Álvaro Vargas Llosa relata algunos de los asesinatos cometidos por el Che. En la Sierra Maestra, mató a un compañero por la simple sospecha de traición: "Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola de calibre 32 en la sien derecha... sus pertenencias pasaron a mi poder". En 1959, después del triunfo de la revolución, el Che presidió los juicios sumarios en la prisión cubana de La Cabaña. "Mi función era de instructor -contó uno de los testigos-... (debía) legalizar profesionalmente la causa y pasarla al ministerio fiscal sin juicio alguno. Se fusilaba de lunes a viernes. Las ejecuciones se llevaban a cabo en la madrugada, poco después de dictar sentencia y de declarar inconveniente la apelación".
