TRANSICIÓN AMNÉSICA
POR VERDATU

Aunque muchos quieren olvidarlo, y los jóvenes descerebrados fachas no quieren ni enterarse, el criminal dictador Franco fue un sangriento genocida de los republicanos.
Hay quien piensa que todo esto hay que olvidarlo, que es algo del pasado y que los dos bandos cometieron barbaridades.

Pero hoy muchos jóvenes exhiben símbolos fascistas y nazis, y creen que la ultraderecha es la solución a los problemas del mundo. Para los que tengan dudas al respecto de lo que supuso los 40 años de fascismo en España, recogeremos aquí los datos que demuestran lo que sucedió en realidad.

Recordemos que fueron los militares rebeldes los que dieron un golpe de estado sangriento que acabó con la democracia y el gobierno elegido por el pueblo, causaron más de medio millón de muertos en una feroz guerra civil y causaron una genocida represión contra los republicanos.

Todo ello con la absoluta complicidad de la Iglesia católica, que no sólo no impedía esos actos, sino los potenciaba; y más adelante con la ayuda de los EEUU, que dieron aire a la Dictadura con su apoyo diplomático y los acuerdos comerciales.
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Las dictaduras, los totalitarismos, los campos de concentración, no pueden desaparecer, como ha sucedido en el caso de España, por fenómenos que el historiador Michel Leiberich ha denominado "transiciones amnésicas". Esta transición, que está comenzando a superarse en la actualidad, ha sido la característica esencial de la memoria histórica española. Pero cuando se habla de lo mucho que se ha investigado y publicado sobre la Guerra Civil y el franquismo, como réplica al "pacto de silencio", hay que señalar que existe una gran diferencia entre la historiografía y la memoria social, igual que hay una gran distancia entre los conocimientos académicos que se han desarrollado en las últimas décadas y los referentes que llegan al conjunto de la sociedad.
El régimen victorioso en la contienda, pretendió (y consiguió) barrer toda posibilidad de un futuro resurgimiento de las ideologías y organizaciones derrotadas por las fuerza militar, mediante una operación represiva basada en el Terror, llevando éste a sus expresiones más primitivas y la vesanía más cruel y gratuíta, dentro de un planeamiento general calculado y una infraestructura organizativa de dimensión nacional: funcionarios, legislación, juzgados, policía, Falange, Ejército, medios de comunicación, telecomunicaciones, transporte, intendencia, etc.
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El miedo se extiende a toda la capilaridad social: a las familias de los detenidos, a sus amigos y conocidos, a sus compañeros de trabajo, de ocio. Se crean tribunales depuradores en todos los organismos oficiales e instituciones civiles: en Correos y Telégrafos, en la Confederación Hidrógrafica del Segura, en las sociedades deportivas, en las peñas huertanas, en el Conservatorio, en las cofradías religiosas, en los Ayuntamientos, en los colegios profesionales, en la universidad, institutos y escuelas; en las fábricas, en los ferrocarriles y puertos, en las industrias y minería, etc.

En cada barrio o pedanía, la Falange nombra un Jefe de Distrito e instala una Delegación del Servicio de Información y Documentación de FET y de las JONS, una auténtica GESTAPO que espía cada movimiento de los ciudadanos, procediendo a detención y tortura de quiénes luego serían más tarde juzgados por supuestos delitos arrancados en sus declaraciones bajo coacción. Se habilitan como "agentes de la autoridad" a antiguos miembros del Somatén -chivatos y matones en connivencia con la guardia civil- (organización creada durante la dictadura de Primo de Rivera) y los caciques se convierten en el medio agrario, en el auténticos "sátrapas" del sistema represor, implantando un dominio absoluto superior al existente durante la Monarquía de Alfonso XII.
La jerarquía de la Iglesia, se aplicó con diligencia a esta labor de persecución desde los púlpitos, llamando al arrepentimiento y hasta a delación. Los confesionarios eran observatorios de espionaje. Los párrocos expedían o negaban avales en función de criterios políticos y los capellanes castrensen en las cárceles, se convirtieron en fieles apéndices de un sistema penitenciario atroz. 
Los simulacros de juicios (los tristemente famosos "consejos de guerra" sumarísimos) se cuentan por millares y llevan a miles de murcianos al paredón hasta 1945. Las fosas comunes de Murcia y Cartagena, así lo atestiguan. Otros enterramientos habidos en Lorca y Totana, fueron pronto dejados en el anonimato, pero su recuerdo ha traspasado el tiempo y la ocultación interesada. Los fallecidos por inanición, enfermedades carenciales: avitaminosis, celampia, caquexia, o infecciosas: tuberculosis, tifus, etc., se cuentan por centenares, por manifestaciones de ex presos, siendo su recuento imposible -según las actas de defunción- por la naturaleza inmediata del fallecimiento.

El mundo penitenciario, para quiénes tuvieron "la suerte" de merecer la conmutación de la pena de muerte, del "Caudillo", forma parte de un universo perverso de padecimientos, destierro y esclavitud que hoy, gracias a nuevas aportaciones de investigadores e historiadores, comienza a saltar al conocimiento público.

Setenta años después de finalizada la Guerra Civil, está afianzándose la opinión de que los dos bandos fueron responsables de lo ocurrido y en la misma medida. Un discurso paralelo, más radical, recupera el relato hegemónico durante la dictadura: responsabiliza a los republicanos de la guerra y presenta el golpe de Estado como inevitable, además de equiparar las represiones. La doble ola revisionista, jaleada por divulgadores tóxicos y por un aguerrido coro mediático, también la respaldan, en lo que respecta a las víctimas y su reparación, intelectuales antes progresistas reconvertidos en adalides de las tesis más conservadoras, así como conocidos historiadores que se muestran beligerantes contra las políticas de memoria. El objetivo es impedir el ajuste de cuentas democrático con el pasado y continuar con una memoria y una historia de plastilina, a la medida de los vencedores de la guerra.

La simetría nunca existió en el apartado de las víctimas y los verdugos, y tampoco puede aceptarse, en aras de la corrección política, que la violencia política durante la guerra fue análoga. La represión de los sublevados estaba planificada: un verdadero programa gubernamental de exterminio. La de los republicanos, una mezcla de organización y espontaneísmo, ajena al ejecutivo, resultado de la desaparición de los aparatos coactivos del Estado y de la ira popular ocasionada por la interrupción violenta de una experiencia democrática que hacía visibles a las clases menos favorecidas. Aparte de las declaraciones de unos políticos y otros, se omite que las autoridades republicanas, además de impedir las matanzas indiscriminadas cuando dominaron la situación, abrieron en 1937 una investigación sobre el 'terror caliente' de 1936: ni en la guerra ni durante la posguerra la dictadura hizo algo parecido. De otro lado, los franquistas llevaron a cabo una durísima represión en todas y cada una de las provincias; los republicanos, en la mitad más o menos. Es un dato que no puede cuestionarse: los republicanos no mataron, ni podían hacerlo, en la España donde triunfó el golpe de Estado.
Pero lo más grave no es que se quiera convencer a los españoles de que durante los turbulentos años de la guerra un bando y otro actuaron de manera parecida, sino que se pretenda trasladar ese paralelismo a la época de la dictadura, y para ello nada mejor que recurrir al maquis como antagonista del franquismo: una tesis claramente alucinógena. Más allá de la ignorancia interesada o de la manipulación, de todos es conocido que el franquismo administró el monopolio del terror durante cuarenta años. La contabilidad asienta más de cincuenta mil víctimas de la dictadura en la posguerra, amén de cientos de miles de prisioneros políticos, de presos esclavizados, de funcionarios depurados. ¿Dónde está la equidistancia? El procedimiento de anudar intencionadamente guerra y dictadura es una artimaña para enmascarar la naturaleza genocida del régimen, para destruir la caja negra del franquismo y formatear a la carta la mente de los españoles.
Las reparaciones de los muertos tampoco presentan semejanza alguna. Durante cuarenta años, las víctimas franquistas disfrutaron de reconocimientos públicos y de incontables lugares de memoria, sus nombres continúan en los atrios de las iglesias y sus familiares recibieron recompensas materiales y simbólicas. Por el contrario, numerosos muertos republicanos permanecen todavía abandonados en fosas comunes, tapias de cementerios y cunetas, y durante cuarenta años fueron cadáveres invisibles: sus lugares de memoria fueron borrados y el luto, prohibido. Y media España pretende que continúen así: invisibles e insepultos. Resulta difícil comprender que en un país democrático la derecha se deje representar, en lo que respecta a la memoria histórica, por un puñado de extremistas infectados por la tentación totalitaria y no asuma algo obvio: los familiares tienen derecho a saber de sus víctimas, y además no se puede pasar página sin registrar y enterrar al último cadáver de la guerra.

Tampoco resultó semejante el destino de los victimarios. Los verdugos franquistas no fueron castigados por sus tropelías, pese a que más del cincuenta por ciento de las víctimas republicanas de la guerra y la posguerra fueron el resultado de ejecuciones extrajudiciales. Al contrario, recibieron homenajes, ocuparon puestos en la Administración y algunos prestaron incluso sus nombres al callejero. El devenir de los verdugos republicanos fue un poco diferente: los detenidos fueron ejecutados, y los que consiguieron escapar expiaron sus responsabilidades en un exilio perpetuo. ¿Cómo se puede sostener que «todos, republicanos y franquistas, perdieron la guerra y pagaron por igual sus consecuencias»? El último documental importante sobre un verdugo de la guerra ('El honor de las injurias', de Carlos García-Alix, 2007) se refiere a un pistolero anarquista. ¿Quién se atrevería hoy realizar algo parecido sobre la vasta y representativa gavilla de verdugos franquistas? La respuesta deviene meridiana a la vista de los acontecimientos, y eso es así porque nos hemos reconciliado con el pasado por decreto-ley, al margen de la memoria y de la justicia. La historia del franquismo es sobre todo el relato de una impunidad.






Jorge dijo
Este articulo da asco, no es nada imparcial... lo mismo diria de un post que hablara de la gloria de los nacionales poniendolos de heroes...
1 Septiembre 2010 | 04:24 PM