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Dejándonos llevar por la curiosidad

22 Noviembre 2010

EL CLUB SECRETO MÁS CONOCIDO DEL PLANETA

 

 

POR VERDATU

El Grupo de Bilderberg , fundado en 1954, es, sin duda, el más poderoso de las redes de influencia. Reúne personalidades de todos los países, líderes de la política, de la economía, de las finanzas, de los medios de comunicación social, así como algunos científicos y universitarios.

 

Aunque aparentemente no cuenta con una organización oficial, tiene un Comité de Dirección Permanente (Steering), del cual han formado parte notables personalidades de la política, las finanzas o la realeza, como David Rockefeller, Umberto y Giovanni Agnelli, el secretario general de la OTAN Lord Carrington, el poderoso secretario de Estado americano Henry Kissinger, Paul Wolfowitz, ex secretario de Defensa con Bush, o el banquero español Jaime Carvajal y Urquijo.

 

Cada miembro del Comité puede invitar cada año a dos personalidades que, mediante sus influencias y conocimientos, puedan contribuir a los recursos y objetivos del Club o por permitirle influir eficazmente en la opinión pública. Los 120 participantes en cada reunión están compuestos por los 40 integrantes del Comité y sus 80 invitados. Se dice que cuando alguien es invitado es que "ya ha llegado", sea porque ya ocupa una posición de poder o porque estaría a punto de conseguirlo con la presunta ayuda del Bilderberg, como fue el caso de un entonces desconocido gobernador Clinton, de Tony Blair o de Bush padre. Cada año se reúnen en un hotel de diferentes países; 40 veces lo han hecho en Europa, 8 en EE UU, 4 en Canadá y 3 en Turquía. Formalmente, cada asistente cuenta con un minuto para hacer su exposición, aunque los conspiranoicos aseguran que los asuntos de verdadera importancia los discuten en reuniones informales, mientras juegan al golf, comen o pasean por los jardines...


 

Este grupo Bilderberg, que ocupa el centro de gran parte de las tesis conspirativas surgidas después de la II Guerra Mundial, es un club privado basado en el talento o el dinero, pero también en la discreción y en que tienden a repetirse los mismos nombres que en la Comisión Trilateral o el Consejo de Relaciones Exteriores. Siempre, o al menos desde el nacimiento del capitalismo como sistema hegemónico, ha existido la sospecha de que en lo alto de ese sistema puede existir una cúpula reinante. Es una sospecha que nace de las afinidades entre los intereses de los capitalistas por encima de las fronteras nacionales y culturales, pero también en el hecho de que otros sistemas tanto anteriores, las monarquías absolutas, como posteriores, los llamados socialismos reales, han tenido una cúpula dirigente bien definida. Antes de la II Guerra Mundial se aludía a menudo a la plutocracia, como un grupo amorfo de difícil identificación. Después de esa guerra y gracias a clubes como el Bilderberg al concepto de plutocracia ya se ha podido dar unos apellidos y un rostro.

 

Las intenciones de Bilderberg han sido descritas de forma muy distinta: un foro de debate para políticos, directores de los medios de comunicación de masas, académicos y lideres de negocios; un grupo de presión exclusivo, en que se reúne la elite del poder europea y norteamericana, de influencia masiva sobre la política internacional; una sociedad capitalista que opera en secreto en su propio beneficio. El escoger una descripción no excluye dejar de aceptar las otras. En cualquier caso, la intención declarada del grupo Bilderberg es promover la comprensión mutua entre Europa y Norteamérica a través de reuniones informales y discretas entre sus representantes más poderosos, escogidos dentro del mundo de la diplomacia, la banca, la realeza y los negocios. Todo ello sin foto oficial ni nota de prensa.

 

¿Por qué en secreto? La respuesta oficial es que no se trata de una reunión secreta sino privada, en la que la lista de los asistentes a cada reunión, y el lugar de la misma, es accesible al público pero el programa de las reuniones y los resultados de la misma no son publicados para permitir a sus miembros hablar con más libertad, sin el escrutinio del público o la manipulación de la prensa.

 

De los miembros de Bilderberg se dice que no hablan. Se dice tanto que nadie se molesta ya en interrogarles al respecto. Y cuando alguien lo hace se puede dar el caso del periodista Ron Jonson, autor de Extremistas: mis aventuras con los radicales (Them), uno de los pocos libros serios escritos sobre el tema, que pidió una entrevista con uno de los organizadores y le fue concedida.


 

Jonson narra en su libro una entrevista con un miembro del Grupo Bilderberg, Lord Healey, y éste no se muestra precisamente tímido a la hora de comentar algunas de sus reuniones, y la influencia que éstas tienen en la política, explicando, por ejemplo, la participación de Margaret Thatcher en una de las primeras a las que asistió como invitada. Hay mucho de presunción en la manera en que cuenta cómo ayudó a presentarla en sociedad. En algunos momentos, Lord Healey parece la madre de una debutante puesta de largo, presumiendo de lo bien que supo bailar su niña, pero en otros se muestra nostálgico por tiempos pasados y mejores, antes de quejarse: los nuevos oligarcas súper millonarios no aceptan con el mismo entusiasmo que antes pertenecer a su reservado círculo y algunos han llegado a rechazar la invitación a unirse al grupo. Esto es cierto... China, Rusia e India, tres de las grandes economías emergentes, no están representadas y entre los asistentes no veo tampoco, por ejemplo, a Lakshmi Mittal, el hombre más rico de Europa y uno de los tres más ricos del mundo.

 

Por lo demás, si los Bilderberg son una sociedad secreta deben de ser una de las sociedades secretas que genera más publicidad de todo el planeta. No había pasado una semana desde su reunión de 2005 y ya podía leerse en internet la lista de los asistentes. Según esa lista, a la reunión de 2005, del 5 al 8 de mayo en Baviera, habría acudido la Reina de España y, entre otros españoles, Joaquín Almunia, Juan Luis Cebrián, Rodrigo Rato o la ya difunta Loyola de Palacio. La simple presencia de algunos de estos nombres en el grupo, basta quizás para demostrarnos que no estamos frente a una terrible conjura. A menos de un mes de la reunión de 2009 podía leerse también su lista de participantes en los foros dedicados a estudiar conspiraciones: La Reina Sofía de España, el Príncipe Constantino de Bélgica, Josef Ackermann de Suiza (director del Deutsche Bank), Keith B. Alexander, de Estados Unidos (teniente general del Ejército de EEUU, director del National Security Agency), Roger Altman de Estados Unidos (banquero, ex secretario del Tesoro en la Administración de Bill Clinton), Georgios A. Arapoglou de Grecia (Gobernador del Banco Nacional de Grecia), Ali Babacan de Turquía (Ministro de Relaciones Exteriores), Francisco Pinto Balsemão de Portugal (ex Primer Ministro de Portugal), Xavier Bertrand de Francia (Ex Ministro de Salud y asesor de campaña de Nicolas Sarkozy), Carl Bildt de Suecia (Ex Primer Ministro de Suecia), Ana Patricia Botin de España, Henri de Castries de Francia (Presidente de la aseguradora AXA), Vernon Jordan, Estados Unidos (abogado, consejero de Bill Clinton)... y hasta cuatro páginas más de asistentes.

 

Reconozcamos que no deja de ser curioso, y de dar pie a los teóricos de la conspiración que en un mundo tan falto de noticias que incluso personajes menores de la farándula no pueden salir de su casa sin tener una nube de fotógrafos siguiéndoles todo el día, Bill Gates pueda reunirse con Donald Rumsfeld, Henry Kissinger y cien personas de igual o mayor importancia y capital, para discutir de política y dinero por varios días sin que ningún gran periódico lo reporte. Pero hagámoslo con cuidado. Hay que tener cuidado con lo que se dice, dónde y cómo se dice. Sabemos que a Rathenau, el hombre que había escrito que trescientos hombres controlaban Europa, le tomaron en serio. Años después de escribir esa frase se topó con miembros de la Organización Cónsul -paramilitares anticomunistas y antisemitas-, que habían leído trescientos judíos donde él había escrito trescientos hombres y entendido que confesaba ser uno de esos trescientos: lo sacaron de su coche, lo mataron y después de ello uno de los coautores de aquella muerte lo contó en una novela Die Geächeten (Los réprobos) -bastante buena, todo hay que decirlo.

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